Del 28 al 5 de diciembre de 2004


La 49, jungla nocturna
"Deseo, lujuria, sexo y trabajo"

Cuando la noche invade las calles de la capital, la 49a. Avenida Sur, Bulevar de Los Héroes, se convierten en un sector de comercio sexual. La creciente demanda de estos servicios ha permitido que travestidos, mujeres y menores de edad encuentren en ambas arterias una forma segura de ganarse la vida. Karla, un travesti que trabaja en esa zona, asegura que la noche es propicia para obtener dinero complaciendo a hombres que prefieren ocultar sus rostros en la oscuridad

Texto: Alicia Miranda Duke / fotografías: Omar Carbonero
vertice@elsalvador.com


El día ha sido malo. Paola se toca la bufanda que cubre su cabeza y se acomoda los pelos
cenicientos que caen desordenados en su cuello.
Suspirando, mete en el costal un suéter y se enrolla el borde de su vestido para masajear sus rodillas inflamadas.

Aliviada, agarra un bastón improvisado e intenta incorporarse; pero su gordura la vence. “No saqué para la semana”, dice mientras guarda las pocas monedas que obtuvo durante el día.

Tras un segundo esfuerzo, esta anciana de 94 años comienza a caminar refunfuñando hasta perderse entre un tumulto de personas que caminan de un lado a otro en la parada del Pops de Metrocentro.

Son las cinco y media de la tarde y, como Paola, muchas personas buscan terminar con una terrible jornada; aunque el día aún no acaba.

Entre los ansiosos que esperan transporte está una secretaria que sube a un microbús de la ruta 44 resignada ante la insistencia del cobrador. La joven busca un espacio cómodo y mira a través de la ventana.

La noche comenzó a caer.
El microbús continúa su recorrido sobre el Bulevar de Los Héroes en donde caminan cientos de empleados públicos y privados que buscan llegar cuanto antes a sus casas. Pero una horas después, los transeúntes buscan otra cosa. Uno de ellos, Carlos, un joven de 28 años, espera paciente a que no queden testigos en la 25a. Calle Poniente.

Después de echar un rápido vistazo, Carlos saca, uno a uno, los implementos necesarios para darle vida a una rubia despampanante. “... En la noche también se trabaja”, dice mientras se acomoda las medias que tornean dos largas y perfectas piernas.

La rubia resultante es Karla, “una mujer atrapada en un cuerpo de hombre...”, tal como se describe a sí misma. Tiene diez años de trabajar en las calles y por eso sabe qué buscan los conductores que merodean en la oscuridad.

“La noche oculta los rostros pero no los deseos”, explica poco antes de inclinarse sobre un auto, cruzar sus brazos sobre el techo y acomodarse los mechones rubios hacia adelante. Los carros que pasan disminuyen la velocidad al ver aquella escena; pero la rubia apenas mira de reojo. “Me gusta lo que hago”, remacha.

“¿Cómo describiría una noche en esta calle?”.
Karla guarda silencio y después de pensarlo varios segundos responde con cuatro palabras. “Lujuria, deseo, sexo y también trabajo”.

Remuneración


En una noche de suerte, con buenos clientes y con ganas de trabajar, Karla puede ganar hasta 160 dólares, haciendo tres o cuatro “ratos”.
“Hay quienes cobramos más que otras”, dice. Sin embargo, explica que la tarifa promedio va de 15 a 30 dólares. “¡Si lo puede pagar y yo quiero!”, añade sonriente.

“Una noche puede ser linda pero también puede ser trágica. Todo depende del tipo de hombres que nos busque”, sostiene KARLA.

-¿Qué tipo de cliente puede pagar hasta 30 dólares por un rato?
-“¡Uhhh! Clase media y alta. No sé, tal vez diputados y empresarios”, explica con una sonrisa pícara. Luego se queda en silencio durante unos segundos.

Pero enseguida interrumpe el vacío que dejó su comentario para aclarar, con tono maternal, que la discreción es imprescindible. “Jamás digo lo que veo y por eso regresan otra vez. ¡Pero pagan bien!”.

Sin embargo, Karla trata de mantener una tarifa similar a la de sus compañeros travestis de la 27a. y 29a. Calle Poniente, y las de sus buenas “amigas” de la calle Lamatepec.

“La Negra” es una de ellas. Mejor conocida en las noches como Naomi, es una joven prostituta que trabaja en las calles que rodean la ex Autoisla. Desde hace cuatro años sale a vender su cuerpo y, pese a sus 21 años, conoce bien el negocio.

“Nosotras ganamos 23 por los 45 minutos y 18 por la media hora”, comenta como si se tratara de combos de hamburguesas. “Y bueno, no lo hacemos por atrás”, subraya.

“Para eso estamos nosotras, mi vida”, interrumpe Linda, un travesti que trabaja en la misma zona desde hace seis años.

Al escuchar la acotación, Estéfani y Jennifer, dos jóvenes compañeras de Naomi, lanzan una carcajada.

Aunque no es una regla, travestis y mujeres trabajan por separado; sin embargo, entre Naomi y Karla existe una amistad que surge de la convivencia en las calles y que sellan con un hecho: ninguna de las dos trabaja con chulos o proxenetas.

“Hay muchos mareros de estas zonas que nos quieren obligar a pagar impuestos por estar aquí”, asegura Estéfani. “Pero yo les digo que no se dejen, que no sean tontas, que no se dejen. ¡¿Cómo crees que van a pagar hasta 20 dólares semanales?!”, interrumpe Karla.

Naomi observa que una camioneta con vidrios obscuros pasa por segunda vez. Tal vez algún cliente, pero ella prefiere la plática.

“Nosotras nos ponemos aquí desde hace mucho tiempo y nos sabemos defender de los...”, la joven duda y mira a sus compañeras como buscando ayuda hasta que Linda añade el término justo: “¡los proxenetas, mi vida!”.
La palabra provoca comentarios entre todas. “Nos amenazan con matarnos, pero no les tenemos miedo. Si nos salen altaneros pues les salimos más altaneras nosotras”, dice Naomi. El resto asiente con la cabeza.


Regulaciones al comercio sexual

Contravencional

Art. 39.- Sobre el ofrecimiento de servicios sexuales y hostigamiento sexual en espacio público. Será sancionado con una multa de cincuenta a mil colones.

Art. 40.- Respecto a la práctica de actos sexuales en lugares públicos.
La ordenanza contravencional
establece una multa de cien hasta mil colones.

Código penal

Art. 170, inciso A.- “La mera demanda o solicitud de servicios de prostitución será sancionado”. Las penas que se establecen van desde 4 a 8 años de prisión.

Art. 171.- “El que hiciere exhibiciones obscenas en
lugares públicos será sancionado”. Las penas establecidas en este artículo van desde los 2 a 4 años.

“Todas tenemos necesidades y no le vamos a pagar a nadie para que nos cuide. Nosotras lo hacemos solas”, agrega Estéfani.

“Y si alguien quiere trabajar aquí, que lo haga, no le vamos a cobrar por hacerlo pero tiene que decirnos primero... si no le damos verga”, dice en tono amenazante Naomi, una joven que bien podría pasar como menor de edad y que ha encontrado en los alrededores de la 49a. Avenida Sur una entrada económica para mantener a sus dos hijos.

Como Naomi, Estéfani y Jennifer llegaron a esa zona después de buscar, durante mucho tiempo, trabajo. Saben que el comercio sexual está prohibido por las leyes y por la costumbres morales de este país; no obstante, ellas siguen en la calle “por necesidad”, aseguran.

La misma justificación defiende Ezequiel, un señor que vende pan por las noches desde la 25a. Calle Poniente hasta la 49a. Avenida Sur.

“El problema de la gente es que no hay trabajo y es una forma de ganarse la vida. Si alguien decidió hacerlo creo que hay que respetarlo y dejarlos trabajar tranquilos”, indica convencido.

El vendedor observa de lejos varias sombras que caminan de un lado a otro de la calle mientras descansa en una silla de plástico que se encuentra en un chalet.

“Para los que no conocen podría darles miedo, pero uno se acostumbra a verlos trabajar. Y si no te metes con ellos, no se meten contigo. Tienen derecho de ganarse la vida”, explica.

Sector perdido

Pero no todos comparten la misma opinión. “Las noches ya no son iguales en el Bulevar de Los Héroes”, se lamenta don Tomás.

El músico, que ahora tiene 40 años, recuerda cómo en la década de los 80, los militares y los ministros pedían alguna canción al son de los tragos y las cervezas; y aunque después del toque de queda tenían que esconderse debajo de las mesas, don Tomás dice que eran mejores tiempos: “Entonces se podían ganar 200 colones en una noche tranquila. Yo me hice de mi casa a pura cantada... pero ahora es otra historia”.

También asegura que esa arteria principal apunta a convertirse en otra calle Celis. “Hay ladrones, ventas de drogas y mucha prostitución”, comenta en un tono apagado mientras se acomoda su guitarra y se marcha. Don Tomás sigue cantando pero hace cinco años abandonó esa calle.

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La queja del músico no es la única. Durante los últimos años, los vecinos que viven en las colonias aledañas a la 49a. Avenida Sur y el Bulevar de Los Héroes han formado asociaciones para exigirle a las autoridades que intervengan.

Sin embargo, el comercio sexual aumenta en lugar de disminuir. La Policía Nacional Civil contabiliza 15 barras shows, cinco burdeles y dos moteles sobre ambas arterias viales.

Después de las 9:00 de la noche, es fácil identificar estos lugares. A la vista de todo el que pasa y bajo las luces neón, tres o cuatro jóvenes vestidas de negro hacen la parada.

Si una persona muestra interés y disminuye la velocidad de su carro, ellas invitan al potencial cliente a entrar a los locales.

A esto se suma la prostitución en las calles, en donde la demanda por los travestis supera al resto. La policía asegura que el 85 por ciento de trabajadores del sexo en ambas calles son hombres vestidos como mujer.

Un guardaespaldas que espera, cerca de la Alameda Roosevelt, a que su patrón salga de un evento, argumenta sus razones. “Es que se ven bien estos hijos de puta mariposones.

¡Así es como engañan a cualquiera!”, le dice a su compañero. El comentario quedó en el aire porque su compañero está embobado con los encantos de dos jovencitas que hacen parada a los carros que pasan sobre la Alameda Roosevelt.

Pero la noche —esta vez— no pinta bien en la esquina. Son las 12:30 y no hay clientes. Los carros pasan levantando polvo y, de vez en cuando, disminuyen la velocidad sin detener su marcha.

“A veces las cosas no van bien. Ayer me fui temprano porque no me salió nada”, dice Karla. “Por eso, cuando no sale algún cliente que nos paga bien yo ahorro para los días en que no sale nada”, asegura mientras se retoca el labial.

La poca demanda provoca que, muchas veces, las que se dedican al comercio sexual tengan que estar con personas “indeseables y arriesgarse a hacer cosas que uno no quiere”, dice Linda. “Por ejemplo, a que te obliguen a tener relaciones sexuales con más de uno. Nos gritan insultos o nos tiran cosas desde los carros. A las mujeres a veces las violan o les pegan”.

Karla es lo más parecido a un milagro viviente, al menos en lo que se refiere a estar, varias veces, al borde de la muerte.

— ¿Alguna vez te han disparado?
— “Sí. Yo soy la única sobreviviente del “matalocas”, en 1995. Esa vez me dieron nueve balazos. Y hace un año me dispararon cinco balazos más”, dice.

—Entonces ¿por qué seguís en las calles?
Karla se encoge de hombros, reflexiona unos segundos y responde con resignación: “Se vuelve una adicción. Uno se acostumbra a ganarse la vida de esta forma”.

Ella (o él, si lo prefiere) dice que se prostituye desde los 15 años en las calles que rodean el Bulevar de Los Héroes y la 49a. Avenida Sur.

Su amiga Naomi explica que es una vida difícil.
“La gente dice que esto da porque es dinero fácil y mal agüero. Pero no es así. Nosotros a diario nos arriesgamos a varias cosas. Tenemos muchas necesidades y es difícil encontrar trabajo”, manifiesta.

Ima Guirola, de la organización feminista Cemujer, reflexiona al respecto: “¿Será una vida feliz que te estén viendo como un pedazo de carne y que por la actividad a la que te dedicas te excluyan de los derechos que tienes como humano?”.

Guirola va más allá. “Esas calles no tendrían tanto comercio sexual si no tuviera tanta demanda”.
Pero esta madrugada de sábado está apagada. Un pequeño recorrido por algunos puntos claves de la 49a. y el Bulevar revela que la suerte no cambió.

“Después de las 3:00 de la madrugada todo se calma”, comenta don Ezequiel.
Algunos travestis y prostitutas abandonan las sombras sin ganar lo que esperaban. Resignados, se despojan de sus prendas y las sustituyen por otras menos llamativas. “No siempre nos va bien. No es una vida fácil”, dice Karla mientras ojea los cuatro dólares que saca de su cartera.



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