8 de febrero de 2004


LA COLUMNA

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

Tengo cinco preguntas…

Una. ¿Cuántos niños o personas más tenemos que esperar para que nuestros padres de la patria comiencen a legislar con responsabilidad sobre el tema de las armas de fuego en manos de civiles? Quien sabe. Todo parece indicar que mientras nuestros flamantes representantes se mantengan enfrascados en discusiones estériles sobre la aprobación del presupuesto, cualquier imbécil puede esgrimir un arma y dárselas de macho, al mejor estilo de las películas del salvaje oeste.

Esta semana murió Guillermo Menjívar; a inicios de año, Melvin Borja, a manos de bestias disfrazadas de hombre. Soy testigo de casos en los que cobardes amenazan a personas con arma de fuego y andan campantes por los pasillos de la comunidad burlándose y jactándose de su impunidad.

Dos. ¿Cuándo va a resolver los casos de violencia electoral el TSE? Ni ellos lo saben.

El TSE tiene un serio problema. Mientras esté partidarizado, tiene las manos atadas, aun y cuando el presidente del organismo se llene la boca diciendo que “van a ser estrictos”. Los correligionarios de los dos principales partidos siguen apedreándose e hiriéndose, siguen los spot de organismos “no partidistas” haciendo propaganda, sigue la pinta y pega —incluso en árboles y señales de tránsito—, siguen los sondeos ilegales y los responsables se ríen en la cara de los magistrados.

Tres. ¿Quién mató y mutiló a Rosa N.? La Fiscalía y la Policía dicen que fue “El Viejo Lin”, pero el Órgano Judicial lo
dejó libre por “falta de pruebas” ¿Se recuerdan del famoso caso del auto fantástico? Aquel mismo que mató a dos jóvenes en una zona exclusiva de la capital y al final nadie lo conducía. ¿O del caso Katia Miranda? ¿O del de la locutora Lorena Saravia? Tal parece que este caso va camino a convertirse en uno de los grandes enigmas de la historia judicial de nuestro país.

Cuatro. ¿Realmente está preso Carlos Perla? Porque, por un lado, un día la familia dice que está libre, el presidente Flores aconseja a los periodistas que no lo busquen en ninguna cárcel parisina porque pierden su tiempo, un matutino desmiente a otro y al día siguiente este periódico descubre que sí está encarcelado. ¿Y entonces? ¿Por qué se equivoca el presidente? Nosotros, pobres lectores, mantenemos la incógnita de su aprehensión y comenzamos, con derecho, a conjeturar.

Cinco. ¿Cuál es el valor que la justicia salvadoreña le da a los testigos de casos importantes? Porque por un lado la Policía, la Fiscalía urgen a la población a colaborar con denuncias y testimonios, y por otro los dejan a la merced de Dios para que los señalados asesinen a sus acusadores. Esas son mis cinco preguntas. Es probable que usted, amigo lector, tenga muchas más.


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