Del 5 al 12 de diciembre de 2004


REPORTAJE
Caer con las botas Puestas

Muchos héroes anónimos ofrecieron sus vidas en medio del fuego cruzado durante el pasado conflicto, mientras realizaban su trabajo. Vértice habló con rescatistas voluntarios que estuvieron donde nadie más estuvo, este reportaje recoge las historias de sus vidas

Juan Carlos Rivas
Juan Carlos Rivas
Los cuerpos de socorro siempre estuvieron en medio de los
enfrentamientos. Lograron rescatar y salvar a muchos salvadoreños. Foto cortesia comandos de salvamento


Sucedió en Apopa, en los años 80. El FMLN sitió la ciudad y después la tomó. Cerraron con barricadas y dos francotiradores.

Mientras eso sucedía, dos ambulancias de Cruz Azul se detenían frente al puesto de la Guardia Nacional.

Al mismo tiempo, en el km 11 de la carretera que conduce a Santa Ana, una patrulla que salía desde Caballería para apoyar a los guardias de Apopa obtuvo resistencia y se retrasó.

En la ciudad tomada, los socorristas Nicolás, Berta y Núñez lograron entrar y se refugiaron en hoyos y canaletas.

Nicolás Campos estaba a dos metros de un guardia nacional que disparaba incesante su G-3 y se protegía detrás de un poste.

Al verlo, el guardia le pidió agua. Nicolás sacó su caramañola y, justo cuando levantó su bandera y movió su cadera para pasar el agua, una ráfaga le atravesó la pierna. Cayó mientras se retorcía de dolor. El guardia también cayó.

¿A quién rescatar primero?, se preguntaron los colegas de Nicolás.

¿Al guardia? ¿A su querido compañero?
Mientras se decidían, el ataque se intensificaba. Aun así, determinaron salvar a los dos.

Condujeron la ambulancia y entraron a la zona de combate. Las balas levantaban polvo cerca del auto y algunas acertaron en los rines, las otras descascaraban paredes.

La decisión les permitió rescatar a su compañero y al guardia.

Pero la de Apopa era nada más una de las escenas que se vivían en las balaceras entre el ejército y la guerrilla.

Sepelio de socorristas de Cruz Verde, la marcha atravesó la capital. Foto cortesia de Cruz Verde

Gracias a ese coraje es que pudieron salvar miles de vidas aunque su labor también les pasara dolorosas facturas.

Rescatar a personas que quedaban en fuego cruzado era una actividad a la que se unía el deseo de supervivencia.

Al mismo tiempo que salvaban vidas guardaban la suya; muchos se incorporaron para evitar ser reclutados por cualquiera de los bandos.

“Esos jóvenes buscando la seguridad aprendieron a prestar servicio”, dice el director de Cruz Verde, Miguel Ángel Torres.

Sin embargo, ese servicio los llevó a sufrir toda clase de abusos y persecuciones; insultos, golpes, intimidación, destrucción de unidades y —en algunos casos— hasta la muerte.

“Fuimos golpeados e intimidados varias veces; y es que muchas cosas se tomaron a mal. Quizás porque nuestro papel fue protagónico y neutral”, asegura Melvin González, de Cruz Azul. Mientras la guerrilla los secuestraba para atender a sus heridos en los hospitales clandestinos, el ejército los acusaba de colaboradores de los alzados en armas.

“Ese es el riesgo de estar en el campo de batalla”, agrega Luis Quezada jefe de Difusión y Búsqueda de Cruz Roja Salvadoreña.

Estos ángeles de la guarda también morían. Irónicamente, no existe un registro formal de las bajas.
Se sabe del socorrista Nicolás Campos, que fue atendido a tiempo y se salvó. Pero no pasó lo mismo con el guardia: lo suyo no era una herida; era un simple shock nervioso. Se desconoce cuál fue su destino.

La amarga realidad

Pero la guerra pasó y los cuerpos de socorro, que fueron creados como instituciones civiles para atender emergencias y que eran apoyados por la empresa privada, organismos internacionales y la misma población, han caído en una suerte de desamparo.

Neftalí Barillas, Melvin González y Santiago Calderón, de Cruz Azul. Foto EDH/Oscar Payés

Se capacitan en todo tipo de rescate y primeros auxilios, consiguen equiparse y agrupan muchos miembros; sin embargo, no cuentan con subsidios, a excepción de Cruz Roja, que recibe el apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Aunque, esas ayudas —después de la llegada de la paz— se han reducido.

El resto de instituciones sufre el mismo impacto. “Esperamos tener un día un subsidio”, comenta Santiago Calderón, de Cruz Azul.

Mientras que López Bonilla, de Cruz Verde, dice: “También entregamos nuestra cuota de sacrificios, pero con la firma de la paz se olvidaron de nosotros”.

Sobre lo mismo, Eduardo Rivera, de Comandos de Salvamento, medita: "La guerra fue una época de angustia; ojalá que ahora reflexionemos todos y que no se vuelva a dar”.

Bonilla coincide: “Volver a vivir esa vida no es para pensarlo, no tiene que repetirse. En una guerra civil tu libertad le pertenece a otro".

Quizá por eso muchos la buscaron en otros rumbos, como el socorrista Nicolás Campos, quien emigró a Estados Unidos.

Por hoy funcionan cuatro cuerpos: Cruz Verde (3,500 miembros), Cruz Azul (415), Cruz Roja (2,500) y Comandos de Salvamento (3,500). No tienen subsidios y atienden muchos llamados. La única ayuda llega de los automovilistas, los pasajeros de buses o los salvadoreños en el exterior.

Recuento de héroes y mártires
La mayoría de socorristas muertos y desaparecidos no pudo contabilizarse por las características mismas del conflicto. La información recopilada es poca.
+

Durante la ofensiva del 89

- Este cuerpo no tiene registros aunque también sufrió bajas por el fuego de fusilería o por las bombas, principalmente durante la ofensiva guerrillera de 1989. “Era difícil ver que en algunas ocasiones salíamos 15 y regresábamos sólo 12”,
recuerda Santiago Calderón.

+

Víctimas inocentes

- Héctor Raúl Cotto fue una de las primeras bajas de Cruz Verde. Su unidad, ubicada en la antigua base de Santa Anita, había sido amenazada. El día que murió estaba en su casa postrado en calentura. Ahí llegó un escuadrón
a ametrallarlo.

+

Héroes caÍdos en acción

- Alberto Guzmán, experimentado socorrista de Comandos de Salvamento cayó mientras realizaba una evacuación en zonas de alto riesgo. Otros siete compañeros cayeron portando su uniforme amarillo a lo largo del conflicto. Es uno de los pocos datos que existen.

+

Bajas sin registros

- La Cruz Roja tampoco pudo contabilizar sus bajas. Se sabe de dos socorristas que murieron en San Vicente, y aunque tuvieron muchos lesionados por esquirlas de granadas y ametrallamiento de unidades, no se cuenta con datos específicos.

 

En la voz de socorristas

“Estuve en un pueblo fantasma”

Eduardo Rivera y Orlando Cruz de comando de salvamento participaron en las labores que este cuerpo desarrolló durante los 12 años del conflicto. Foto EDH/Lizette Moreno

Eduardo Rivera, de Comandos de Salvamento “Esa mañana llegamos al centro de Chalate, recibimos el llamado alrededor de las cinco. A las 6:30 estábamos en Las Vueltas. Recuerdo una callecita de tierra con partes empedradas y la soledad del lugar. Era invierno. Yo nunca había visto —salvo en la televisión— los pueblos fantasmas.

Ese día conocí uno. Experimenté algo raro al ver las hornillas todavía calientes, restos de comida, una olla de frijoles cociéndose, mesas que quedaron servidas así como el interior de las casas completamente destruidos.

Tenía 18 años y no podía concebir que esas cosas pasaran, que se cometieran tantas masacres sólo porque creían que los campesinos colaboraban con uno y otro bando.

Ahí murieron 60 personas. Una hora después de estar ahí apareció mucha gente que nos rodeó, habían permanecido ocultos entre los matorrales y en lo alto de los árboles, creyeron que éramos parte de los combatientes y tenían miedo de salir.

Más tarde nos llevaron a conocer una parte del Sumpul, ahí habían ido a tirar algunos cuerpos. Fui a otros pueblos cercanos como Verapaz y Guadalupe y era triste encontrar a toda la población muerta.

Cuando uno se pone a pensar en lo que sufrió la gente del campo, es difícil decir que se es apolítico”, relata Eduardo Rivera, uno de los más conocidos rostros de Comandos de Salvamento en San Salvador. Su compañero Orlando Cruz narra la siguiente historia.

LA MUERTE EN USULUTÁN


“Esa noche anunciaron que la guerrilla se había tomado Berlín, Usulután. Cuatro de nuestras ambulancias llenas de socorristas estaban listas para entrar pero fueron detenidas y obligadas a apagar sus motores. Un militar de alto rango había dado órdenes de ejecutarlos.

Los voluntarios se quedaron inmóviles. Fue gracias a un guardia chelón que se compadeció y decidió no dar la orden. ‘Denle gracias a Dios porque hubieran muerto bastantes, así que se van a quedar ahí’, nos dijo. Y nos quedamos en una presita para continuar por la madrugada.

Con las primeras luces de la mañana avanzamos hasta llegar a una calle de tierra, ahí encontramos muchos muertos: civiles, guerrilleros y militares. Pero al avanzar —siempre en la calle de tierra— alcanzamos a ver a una familia que venía hacia nosotros.

Tanto el señor, la señora y varios niños llevaban cada quien un puchito de ropa. Entonces apareció ‘la carreta’ (un avión bombardero), que les lanzó una bomba. Todos volaron en pedazos, en muchos pedazos. Eso de verdad me impactó. Algunos socorristas entraron en shock y comenzamos a llorar todos. Ese es uno de los casos que nunca se me olvidan”.

“La guerra no permitía atender”

“Mi experiencia fue un tanto distinta porque me encontraba destacado en la seccional de Santa Ana y allá en la zona occidental la guerra no fue tan intensa.

Luis Quezada, de cruz roja, al momento de coordinar operaciones en la zona occidental. La foto es uno de los recuerdos que conserva en casa.

Recuerdo un caso en donde no pudimos dar la atención médica adecuada precisamente por las condiciones de la guerra.

Resulta que llegó un señor campesino a pedir apoyo porque tenía un lesionado en el cantón El Resbaladero (una zona montañosa con cafetales y terrenos quebrados).

Fuimos dos socorristas y el señor nos condujo hasta el centro de un cafetal. Antes de llegar, en el límite entre lo urbano y lo rural, encontramos un retén del ejército.

Al llegar a la zona, 10 kms después del retén, encontramos una columna guerrillera que tenía un herido con una lesión muy fuerte a nivel del pulmón, presentaba una exposición de tejido significativa.

En ese momento supimos que se trataba de alguien con rango, un comandante ya que tenía una célula de seguridad que lo rodeaba.

Le aplicamos los primeros auxilios y sugerimos que lo trasladaran al hospital pero se negaron, dijeron que tenían un médico con el que se reunirían más tarde. Fue una de esas ocasiones donde no pudimos dar la atención adecuada”, contó Luis Quezada.

“En esa época la gente colaboraba”

“Yo estuve cuando fue el bombazo en Fenastras. Yo saqué a Febe. Mire, eso fue tremendo, me impactó muchísimo porque el tipo de destrucción fue bárbaro.

Miguel Torres y Alejandro López

Primero porque fue difícil entrar y luego por la manera en que los cuerpos estaban destrozados y esparcidos.

Las cabelleras habían sido arrancadas como si fueran pelucas, a saber qué material utilizaron ya que habían cuerpos mutilados de muchas formas.

Febe estaba en una oficina de la segunda planta, irreconocible. Nosotros la llevamos al Hospital Rosales pero cerca del antiguo edificio del Banco Central de Reserva, la ambulancia se quedó sin gasolina.

Detuvimos un carro particular que pasaba, cargado de piñatas, y le pedimos que nos llevara; sin avisarle al dueño bajamos algunas y acomodamos a Febe.

Logramos llevarla con vida al hospital pero falleció a las dos horas”, narró Miguel Torres.





Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.