Lunes 29 de noviembre


La guerra y las mujeres combatientes
Ascenso y ocaso de "Las Tigras"

La suya es una de las historias menos conocidas de nuestra guerra. En San Miguel existieron mujeres que combatieron (y murieron) junto a los soldados regulares

Francisco Ayala Silva
El Diario de Hoy

"Yo fui la primera en presentarme", asegura Blanca Coronada Pereyra, mujer enérgica y corpulenta.

Ella se presentó sin compañía a la extensa base de la Tercera Brigada de Infantería, en la entrada a San Miguel. Era 1984.

La llevó un rumor: la creación de un batallón femenino, idea del coronel Domingo Monterrosa Barrios ("asesino" para unos, "héroe" para otros).

No la admitieron, "porque no podían reclutar a una sola mujer", recuerda. Ella caminó 15 cuadras desde la base hasta la escuela pública "Dolores C. Retes", a buscar una compañera para la vida militar. Una amiga aceptó, dejó los cuadernos, y juntas entraron al cuartel.

Juegos de Rambos

La juventud migueleña de los años ochenta fue vulnerable al militarismo.

Muchos llegaron a la adolescencia, admirando a Stallone y Schwarzenegger. La guerra parecía un juego para "Comandos" y Rambos.

En contraste, había soldados y guerrilleros que morían por docenas a menos de 50 kilómetros al norte o al sureste. No existe una lista exacta de batallas o atrocidades.

Millares de madres recibieron a sus hijos en bolsas de plástico o ataúdes sellados, algunos rellenos con piedras, porque fue imposible recolectar lo que había sido un hombre.

Demasiados soldados fueron reclutados con lazo y fusil. "Es deber de todo salvadoreño defender a su patria", era la justificación de los coroneles.

Aun así, la entrada a la Escuela Militar era idealizada por centenares de jóvenes. En San Miguel, la moda juvenil era la camiseta verde oliva y el pantalón camuflado. Los oficiales eran populares entre las mujeres jóvenes.

Claro que nadie confesaría abiertamente sus deseos de pertenecer a la guerrilla.

Las reclutas

Blanca Coronada Pereyra fue una de las dos bachilleres que entraron al batallón. Su título la ayudó a superar una dificultad técnica: su estatura apenas supera el metro y medio.

"La primera noche fue como todas -recuerda-, andábamos como pollos comprados, conociendo todo". Los soldados las miraban, algunos sonreían entre ellos, de lascivia.

Una doctora les hizo un chequeo médico total (se les revisó todo, como se hace con los hombres). Se les alojó en barracas especiales y el entrenamiento comenzó al siguiente día. "Era igual al de los varones", recuerda Blanca Coronada.

Salían a trotar con los soldados y, a veces, Domingo Monterrosa trotaba con ellas. Usaban el mismo fusil M-16 y el mismo uniforme de los hombres, pero en tallas más pequeñas.

El grupo creció. Cada vez había más mujeres en la barraca que ellas limpiaban hasta cuatro veces diarias, desde el piso hasta los baños. Llegó a haber cuatro decenas de mujeres soldados, y ya se les conocía como "Las Tigras", un nombre, quizás, de Domingo Monterrosa. Así desfilaron por las calles de San Miguel, el mediodía de un 15 de septiembre.

Pronto había una mujer por cada compañía de soldados. De esa forma salían a patrullar, a pasar semanas enteras en el terreno, con hombres.

Las cazadoras

Tenían tres meses de entrenamiento y autorización para matar a cualquier abusivo o abusador, ya sea soldado u oficial. Pero hubo uniones con consentimiento: una de las "Tigras" fue madre del hijo de un sargento.

Blanca Coronada salió a patrullar con la compañía de cazadores (muy pocos de sus integrantes sobrevivieron la guerra). Con ellos, Blanca Coronada patrulló el norte del departamento de San Miguel, en la zona de San Gerardo y Lolotique, cercana a Ciudad Barrios.

Allí, Blanca Coronada participó en uno de sus pocos combates, cuando fueron emboscados en un desfiladero, en 1985.

Les dispararon desde los cerros cercanos y ellos tuvieron que escapar hacia adelante.

El ocaso

A las mujeres soldados las llevó al cuartel un deseo de aventuras, quizás el desempleo, pero no una ideología.

A diferencia de las ideologías, los deseos de aventuras pueden morir luego de la primera herida grande. Eso ocurrió con "Las Tigras".

Luego de las primeras batallas, las mujeres comenzaron a desertar, o pedían su traslado a los cuerpos de enfermeras o secretarias.

Algunas se limitaron a no regresar de su descanso de fin de semana, como Mirna Aguirre, de 33 años, actual secretaria de la Tercera Brigada. Ella había entrado a "Las Tigras" a los 16 años, "por curiosidad", recuerda. "Porque un filarmónico me contó que existía un batallón de mujeres".

Para otra "Tigra", la guerra terminó cuando una granada la mandó a una silla de ruedas, de por vida.

Blanca Coronada y Mirna Aguirre tuvieron suerte. No vieron el ataque que acabó con las últimas "Tigras", para entonces, menos de media docena de mujeres.

Para ellas, el final llegó con explosión y muerte, una noche de 1986.

Por su parte, Blanca Coronada llegó a estar en la Sección II de la Tercera Brigada (interrogatorios).

Entonces, como miles de salvadoreños, ella se fue a Estados Unidos por un año, a Dallas (estado de Tejas).

Ese viaje la salvó de estar en la última noche de "Las Tigras".

Vida después de la vida

Cuando regresó, se frustró su deseo de entrar a la Sección de Investigación Criminal (SIC) de la vieja Policía Nacional.

Entonces renovó su escalafón como maestra (era bachiller pedagógico).

Desde el 17 de agosto de 1992, Blanca Coronada es maestra de primaria en San Antonio El Mosco, en Ciudad Barrios, la misma zona que patrulló con una metralleta.

Aún es muy enérgica, un requisito para sobrevivir en la colonia migueleña que habita: Milagro de la Paz. A menos de una calle de su casa creció el asesino juvenil conocido como "El Directo".


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Espectáculos] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'99] [Portada]