Jueves 18 de noviembre


Mirar al pasado

Noviembre de 1999. Fechas históricas. No les voy a soltar el típico sermoncito sobre lo importante que es "conocer los errrores del pasado para evitarlos en el futuro". Ni sobre la necesidad de "conocer la Verdad para otorgar el perdón".

Por Juan Bosco Martín

Ni voy a gastar neuronas en decidir si resulta conveniente o inconveniente castigar a los herederos del duque de Montholon, al que algunos autores le acusan de haber envenenado a Napoleón Bonaparte, introduciendo pequeñas dosis de arsénico en el vino que el Emperador tomaba en la isla de Santa Elena.

Es decir, me voy a guardar los tópicos en el bolsillo, porque no me gusta manipular la Historia. Por eso leo con todo tipo de protecciones la interpretación que hacen del pasado quienes lo protagonizaron. Me entretiene escucharles, pero me cuido mucho de creerme todo lo que me dicen.

Los protagonistas resultan imprescindibles para conocer a cabalidad qué sucedió, pero algunos de ellos, cuando escriben Historia, lo hacen muy mal, bien porque la manipulan, bien porque creen que la Verdad se ciñe exclusivamente a lo que ellos vivieron o bien porque, simplemente, son incapaces de analizar las cosas sin mezclarse con ellas.

De tal modo, que si pretendemos conocer la realidad de la ofensiva del 89 de la boca de un guerrillero, de un soldado, de un Presidente, de un cura o de un embajador, muy probablemente nos convertiremos en unos completos ignorantes, aunque relatemos paso por paso cuáles fueron las vicisitudes de cada uno de ellos.

La Historia no tiene corazón. Las personas sí, y con frecuencia lo ponen por delante para apropiarse de ella, como si fuese un objeto susceptible de pertenencia.

En El Salvador, la manipulación histórica se ha convertido en un deporte nacional, &endash;el olvido es una forma de manipular, porque te pretende convencer de que no pasó nada donde sí pasó todo&endash;, en el que cada quien extrae su moralina, exige responsabilidades, persuade a los ingenuos y escupe en el rostro de Atenea. Lo que menos existe es el empeño de poner las cartas sobre la mesa, para que nos admiremos de nosotros mismos, para que se nos caiga la cara de vergüenza, para que nos muramos de risa o lloremos de pena o para preguntarnos por qué hicimos lo que hicimos.

Que cada uno saque sus propias conclusiones. Si quiere, yo las escucho, pero que no trate de convencerme de ellas.

escriba su comentario a bosco@elsalvador.com


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