Jueves 18 de noviembre


Recordando una tragedia
Y llegaron inesperadamente los que no habíamos invitado
Por Manuel J. Aguilar Trujillo

En este mes de noviembre, unos conmemoran jubilosos y triunfantes, otros de luto y frustrados, el décimo aniversario del postrer esfuerzo hecho por la guerrilla con el fin, no de apoderarse de San Salvador, sino que con esa demostración de fuerza de su parte, obligar a un gobierno que había demostrado su incapacidad de derrotarlos en el campo militar, a sentarse a la mesa de negociaciones, confiados que así como habían demostrado mayor habilidad en la lucha armada, entrenados por militares cubanos y sandinistas, también, teniendo más habilidad política, conseguirían, tal como lo fue, obtener por medio del diálogo, lo que jamás habrían logrado por la vía de las armas, aunque prolongando la guerra, hubiesen dejado al país convertido en gigantesco cementerio.

Durante los delirantes días de la ofensiva "hasta el tope", no hubo habitante del Gran San Salvador que no se viese afectado en alguna u otra forma. Cientos de ellos se vieron desplazados de sus colonias, ante el feroz ataque de la guerrilla. Muchísimos más o bien murieron o fueron heridos o tuvieron mayor desgracia al ver a un ser querido perder la vida. Todo lo anterior, visto el gran avance que ha tenido la guerrilla, convertida, gracias al tan traído y llevado, discutido y elogiado Pacto de Chapultepec, parece ha caído en el olvido y hoy, sus principales autores, convertidos en padres y madres de la patria, en sabihondos analistas políticos, en estimados columnistas, se pasean orondos en medio de una sociedad que hasta hace muy poco, diez años no es nada, temblaba ante sus sangrientos desmanes.

El autor de este artículo sufrió con su familia la presencia, dentro de su hogar, de los subversivos, durante esa aciaga "ofensiva hasta el tope", cuando a tempranas horas de la noche se inició la entrada de las columnas guerrilleras en la colonia Escalón. Temerosos de que los disparos de fusilería, a la que siguió muy pronto el estruendo de las ametralladoras, hicieran blanco en algún miembro de la familia, yo, con mi esposa, tres hijos y una doméstica, nos refugiamos en el dormitorio de esta última, confiados de que por estar lejos de la calle, estaríamos a salvo.

A eso de la medianoche y luego de un gran estruendo dentro de la casa, mi hijo me informó, muy quedo, que los guerrilleros se encontraban dentro. A poco, se comenzaron a escuchar voces masculinas y femeninas. Los invasores de inmediato procedieron a registrar palmo a palmo la casa en busca de sus ocupantes. No encontrándonos en los dormitorios principales, se dirigieron al área del servicio. Al encontrar la puerta del dormitorio de la servidumbre cerrada, procedieron a tratar de abrirla.

Al primer golpe dado con la culata de un fusil, les grité desde adentro que no derribaran la puerta, pues ya íbamos a salir. Al oír esto, me preguntaron que quién estaba en ese cuarto, a lo que contesté: el dueño de la casa y su familia. Salgan con las manos en alto fue la respuesta. Al salir, con las manos en alto, yo adelante, atrás mi hijo, luego mi esposa, seguida de mis dos hijas adolescentes y de la doméstica, me encontré, alineados frente a mí, a un grupo de quince jóvenes, doce varones y tres jovencitas, dirigidas por otro joven un poco mayor que ellos. Todos estaban perfectamente bien uniformados con verde olivo y armados hasta los dientes, uno de ellos con una ametralladora. Al ver que sus armas no nos amenazaban, bajé los brazos e igual hizo el resto de mi familia, iniciándose de inmediato un diálogo entre el jefe de la guerrilla y el jefe de la casa invadida.

Mientras dialogaba, en forma muy civilizada, me di cuenta que los jóvenes indudablemente eran alumnos, si no de los primeros cursos de alguna de las dos universidades a los que la voz pública señalaba como fuente de indoctrinación marxista, lo eran de los últimos años de bachillerato de alguna escuela o colegio. A poco de estar platicando también me di cuenta, lo que me tranquilizó, de que esos jóvenes, carne de cañón de los altos jefes de la guerrilla, que hoy ocupan jugosos puestos, incluso en el gobierno, no eran terroristas, sino guerrilleros, lo que hice ver al que hacía de jefe, pidiéndole que no fuese a destruir mi casa. Ya tenía la plena seguridad, vista su actitud, de que no nos harían daño personal, a lo que me aseguró que ellos no andaban destruyendo nada, dándome una pequeña charla sobre sus objetivos. Viendo que el tiroteo arreciaba, con la presencia incluso de helicópteros que disparaban cohetes hacia el volcán, le insinué a mi interlocutor la conveniencia de retirarnos, nosotros hacia el dormitorio y ellos, al resto de la casa, no fuese, le dije, que una bala perdida nos hiriese o matase, a lo accedió.

La estadía de esos guerrilleros en mi hogar duró dos días y tres noches; lo mismo, como es lógico, nuestra estadía en el cuarto del servicio. Durante ese lapso no tomamos ningún alimento y sí unos pocos sorbos de agua, que tuve la precaución de llevar en un recipiente de plástico.

En la madrugada de la tercera noche, oyendo que el estruendo de disparos había menguado hasta convertirse en silencio, me atreví a salir del improvisado refugio, encontrándome que guerrilleros y guerrilleras, en forma silenciosa se habían marchado sin producir ningún ruido ni desaguisado, con excepción del portón de entrada a la cochera al cual le habían doblado el cerrojo y la puerta de madera de entrada a la casa. Lo demás, es lo de menos. Al día siguiente nos fuimos a refugiar en casa de uno de mis yernos. Con mi hijo regresé a ver cómo había quedado la casa, encontrándonos con elementos del Ejército que, habiendo llegado al lugar, habían hecho huir a nuestros captores.

Hoy, el pueblo, que por lo que se puede ver tiene muy poco o ninguna memoria, ha convertido a esos señores que tanto daño le hicieran, en la segunda fuerza política del país y, si no tomamos las cosas en serio, el año dos mil, Dios no lo permita, con buenos candidatos en vez de los que presentó en las elecciones pasadas, tendremos en Centroamérica una nueva Venezuela o, quizás, otra Cuba.

Dios guarde a su tocayo El Salvador.


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