Jueves 18 de noviembre


Comentando una cumbre
Buen periodismo
Salvador Samayoa

Terminó la reunión cumbre en la ciudad de La Habana. La resolución que firmaron los presidentes terminó siendo una pieza de retórica equilibrista, como suele suceder en estos casos, para facilitar el endoso de representaciones gubernamentales con posiciones demasiado distantes en algunos temas. Aparte de la creación de una oficina para la cooperación iberoamericana, con sede en Madrid, no se esperaban grandes resultados prácticos de este peculiar encuentro.

A diferencia de otras cumbres, esta vez el interés -y el morbo- de la prensa estaba fuera del programa oficial. La atención estaba puesta en declaraciones, gestos y posicionamientos de los mandatarios en relación con la situación interna de Cuba, más que en la agenda formal o en el contenido de la resolución final.

Este era un desafío interesante para la prensa. La cumbre era poco más que un pretexto. El juego consistía en proyectar una determinada imagen de Cuba ante la opinión pública. Algunos países como España, por razones obvias, desplegaron una cobertura periodística de grandes dimensiones. Otros, como Estados Unidos, también por razones obvias, ignoraron el evento con escasa consideración por el interés o por el derecho de información de importantes sectores.

El "New York Times" debía ocuparse de cosas más importantes para los Estados Unidos. Hasta cierto punto era comprensible que las noticias de primera plana se enfocaran en el acuerdo comercial con China, la visita del presidente Clinton a Turquía, la paz en Irlanda del Norte o la guerra de Yeltsin en Chechenia. Pero después de la primera plana, había otras 20 noticias internacionales. Ninguna se refería a la IX Cumbre Iberoamericana. El único espacio dedicado al cónclave fue una minúscula nota de AP.

La cumbre fue una radiografía de las verdaderas motivaciones de la prensa en cualquier parte del mundo. Esto es siempre así. Hay un elemento -sólo uno, pero muy importante- en el que se parece mucho la llamada prensa "libre" y la prensa controlada: ambas se rasgan las vestiduras por el derecho de información, pero ambas están siempre más interesadas en proyectar sus propias posiciones políticas que en informar a la gente.

En este sentido, además de desnudar las motivaciones de la prensa, la cumbre también fue una radiografía de su profesionalismo, de su sentido de balance, de su agudeza, de su proyección cultural y hasta de su elegancia para presentar al público los temas más controversiales en un estilo audaz, pero mesurado; mordiente, pero respetuoso, fino, objetivo y sofisticado.

Con estos parámetros en mente, los reportajes de RTV -Radio Televisión Española- obtuvieron las más altas calificaciones, aun cuando el tema era mucho más espinoso para España que para cualquier otro país presente en la cumbre.

Para sólo citar los elementos más relevantes, España tenía a sus reyes en La Habana, expuestos a la acogida, a la indiferencia y la animadversión de los cubanos. Este era un tema sensible. También tenía allí al Presidente del Gobierno, jugando su propio rol, poco agradable por cierto para el gobierno y para grandes sectores del pueblo de Cuba. Además, debía enfrentar de nueva cuenta sus diferencias con Chile por la extradición de Pinochet y debía inaugurar un centro cultural, en el Malecón habanero, que había generado una larga batalla política con el régimen cubano, por tratarse de un centro en el que los cubanos tendrían acceso irrestricto a la Internet y a la prensa de todo el mundo.

Aún en este contexto, el reportaje de RTV fue excelente. La historia contrapuesta, en 8 minutos, de dos familias cubanas normales: una, con ingresos en pesos cubanos; otra, con ingresos en dólares, proyectó sin mayores palabras algo de la cruda y compleja situación económica actual de la Isla.

La primera administra, desde hace muchos años, un pequeño centro de distribución de productos que se reparten por cartilla de racionamiento. Desde que abre, a primera hora de la mañana, el portón metálico, totalmente ruinoso y desvencijado, el cuadro es claro e impactante. La cámara se posa después en los viejos estantes de madera rústica, con su escasa dotación: tres o cuatro cajetillas de cigarros fuertes, unas cuantas botellas oscuras, leche sólo para niños y ancianos, y unos cuantos productos más. La imagen es realmente impactante y la cámara se traslada a la vivienda de estos fieles administradores.

El matrimonio devenga 400 pesos cubanos -unos 20 dólares- al mes. Sus pertenencias son mucho más que austeras, pero su rostro parece tranquilo y hasta feliz. Les gustaría tener algunas otras cosas, pero no pasan apuros. No tienen que pagar por la vivienda, por la educación o por los servicios médicos. Excelente contrapunto.

La otra familia maneja un negocio privado recientemente autorizado. Es, precisamente, el pequeño restaurante en el barrio negro de San Leopoldo, donde ha cenado el lunes la reina Sofía. No pueden tener empleados y sólo pueden admitir a doce comensales a la vez. Tienen que pagar impuestos altos sobre las ganancias, pero ganan en un solo día muchísimo más que los empleados del Estado. En su residencia tienen amplias comodidades. Son parte del 10% de los cubanos que comienzan a configurar una nueva clase social.

Esta es la realidad social, en dos pinceladas. La realidad política es mucho más difícil de presentar. Los reporteros entrevistan a varios disidentes, entre ellos el periodista Raúl Rivero. El mensaje es fuerte, pero prudente: no quieren que las alternativas de la oposición sean el exilio, la cárcel o la muerte. Con esto puede estar de acuerdo cualquier persona civilizada. Estas eran nuestras propias alternativas en El Salvador hace muy pocos años. Por eso resulta extraño que algunos regímenes latinoamericanos se hayan rasgado tanto las vestiduras en el pasado por la falta de libertades políticas en Cuba.

La oposición también quiere más partidos políticos. Con esto también puede estar de acuerdo cualquier persona civilizada, aunque luego los partidos sean un verdadero desastre.

Así, sin insultos, sin calenturas, sin deformaciones, con responsabilidad y con fineza profesional presenta las cosas un buen periodista. Y todavía le queda tiempo para la cultura. La Habana Vieja es patrimonio de la humanidad y hay que mostrarlo. La hija de Alberti lee un poema. La iglesia de Santa María del Rosario es toda una historia. Cuba es, después de todo, un país bellísimo que sólo la buena prensa puede mostrar con todos sus contrastes.


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