Lunes 23 de agosto


Párpados acalorados

Debo confesarles, dúo de antojadizos: los necesito sellados, a ustedes, cerrojos indomables que se entreabren y cierran, como el afligido aleteo de una mariposa huyendo, porque temen que mis ojos perezcan en la sequía profunda que ahuyentan por segundos.

Por Enrique Contreras

Ustedes, persianas, que resguardan, con su fina piel de agua, en los diminutos momentos en que ciernen sus pestañas, el vacío donde lanzo mis miradas sin foco, esas que finjo, cuando ingenio la mentira de centrarme en los objetos.

Par de debiluchos enrojecidos, que renuncian, día tras día, a su valiosa sumisión y me traicionan, desbaratando con la viruta de colores que permiten entrar a mis retinas, que yacen abandonadas, fijas, idas, en su caldo de gases opacos.

Par de mocosos que ceden su resistencia muscular al vislumbrar el paso de la saga tenue, que es el inicio de la insurrección matinal que exterminará a mis esferas arropadas tras sus telas, que ceden a la caricia transparente y tibia de las manos blandas donde el amanecer convaleciente exhala su placer agonizante, la sombra polvorienta que expande la onda oscura de su viento peregrino, palmas inmensas que los seducen, paseando sus dedos de brisas arenosas sobre ustedes, pedazos mal cortados de piel involuntaria. Los necesito ceñidos así, mucho más apretados a mis pómulos mojados. Ciérrense para siempre, no hagan caso a su insistencia biológica, porque mi estado no depende de las luces y ni de sus juguetes flotantes donde la blancura se forma y amplía su gama, los prismas, a los que ustedes reaccionan con servilismo despreciable. Es triste, sí, pero no los necesito abiertos.

Dentro de sus abrazos húmedos y deslizables, mis iris son un par de soles negros, sin brillo. Un par de confidentes perfectos con todo el tiempo para apagarse conmigo.

Un par de galaxias que se abandonan en el alargue de una noche controlada por el instinto o la aberración al blanco y negro. Dos discos membranosos que intiman en sendos lagos sin reflejos, donde los remojo y los dejo hundir, hundir, hasta perderlos .

Impidan, par de ineptos, al cálido resplandor, imponer su espantosa ebullición, para que prevalezca mi estado vegetal y no esparza el vital veneno que hace brotar flores y también lluvia de mar. Para que la fotosíntesis no me enverdezca jamás.

Párpados ávidos de calor, puede que tengan algo de razón. Soy consciente de que sólo tapan a medias a unos ojos muertos. ¿Por qué no pudieron permanecer con sus bocas cerradas?

Ahora lo sé. Sí, sí, tenían que aplaudirle al alba, decirle miles de buenos días , arrodillarse ante la señora que los despierta. En fin, debían cumplir la misión que les encomendó mi cuerpo mucho antes de pedirles el favor de estarse quietos.

Les confieso, ya fuera de la órbita que sus sedas arrugadas abrigaban, que ya no desenfoco los colores y que dejo al sol quemar mis ramas.

Les confieso, párpados incrédulos, que aun así no enverdezco. Zoom Out.


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