Lunes 23 de agosto


Un loco primerizo

Combinación de obligación y morbo, el fotoperiodista Borman Mármol y un servidor accedimos al deseo de lanzarnos desde cuatro mil pies de altura, no sin antes someternos a un severo entrenamiento, con la colaboración de la Federación Salvadoreña de Paracaidismo. Al final de la prueba, no sólo nuestra fe se vio inusitadamente fortalecida. También entendimos porqué estos señores se autoapodan los locos razonables.

Daniel Herrera

El Diario de Hoy

"¿Quién se va a bajar?", preguntó el instructor, mientras el avión sobrevolaba el terruño a cuatro mil pies de altura. Antes de contestarle, eché una ojeada al altímetro, que escupía el dato -unos mil doscientos metros- sin pudor. Luego, abrí la bocota: "Todos, pero en paracaídas".

El reloj marcaba poco más de la 1:00 p.m., pero en cosa de segundos sentí que el Sol no calentaba, y que el frío calaba hasta los tuétanos, sobre todo después que el maestro de salto - al que sólo recuerdo como "mi capitán"- y de Francisco Urbina, nuestro instructor a lo largo de dos semanas, el primero en saltar sería yo.

"¿Listo?", me preguntaron, con el pulgar arriba y los demás dedos apuñados. "Listo", contesté, pero mientras me acomodaba para saltar, sentí que el resto de mi cuerpo era una negación. Lo último que recuerdo fue haber musitado "Dios, en tus manos me encomiendo"...

Día y medio de entrenamiento

Dos semanas antes, sin medianamente dibujar en nuestros corazones cómo sería la experiencia, nos presentamos a la Federación Salvadoreña de Paracaídismo (FESAPADE), en la Base Aérea de Ilopango, para expresar nuestra intención de hacer un reportaje sobre el ABC de la disciplina.

Ahí, como si se tratara de enlistarnos para la legión extranjera, el instructor Francisco Urbina nos preguntó si padecíamos de enfermedades broncopulmonares o cardíacas, amén de si teníamos perfecta coordinación psicomotriz. Luego, llenamos una hoja con nuestros datos personales, y firmamos otra en la que exhonerábamos a la FESAPADE de toda responsabilidad a la Federación en caso de accidente o muerte...

Luego de esa inquietante cláusula, el novato ya está listo para un entrenamiento básico de 40 horas, al final de las cuales deberá estar capacitado para pegar lo más cerca posible de una circunferencia de tela de un diámetro cercano a los dos y medio metros, denominado PIT, o punto de impacto en tierra.

En las primeras sesiones, se nos habló del PIT y de su "hermanita", la manga de viento, que sirve para identificar en qué dirección está el viento. De color llamativo y una longitud que oscila entre los dos y los tres metros, se encuentra siempre a la par del PIT.

Atendiendo a la pareja de herramientas, el paracaidista no debe tener mayores problemas para saltar, hacer las piruetas que se le antoje y aterrizar sin percances.

Primer enredo

Claro, lo que nunca te enseñan es a vencer al miedo primigenio del aventurero primerizo.

Salté, e inconscientemente cerré los ojos, abriéndolos hasta cuando sentí el halón por la pertura del paracaídas. Fueron acaso cuatro segundos, pero ese recuerdo durará seguramente toda mi vida.

Durante el curso se nos dijo qué hacer en esas primeras fracciones, pero sinceramente ni me acordé. El paracaídas seguía con su proceso de apertura, que en nuestro caso era el de línea estática, el mismo que se utiliza en los saltos de combate.

La línea estática se engancha en el avión y en el paracaídas. Cuando el deportista salta, la línea hala el gancho del paracaídas, que se abre en un lapso de cuatro segundos.

El otro sistema de apertura es el automático, que se estila en los saltos de caída libre, arriba de tres mil pies de altura. En este procedimiento, el paracaidista es quien hala, a una altura de dos mil 500 pies, el gancho de su equipo, que se encuentra cerca del muslo derecho.

En ambas modalidades lo importante es saber qué hacer en el aire, lo cual depende de las posiciones que el cuerpo tome. Una mala postura deviene en barrena, que es como los expertos denominan al descontrol del principiante. Lo fundamental es lograr la posición rana, con la que se alcanza mayor estabilidad en el aire.

Durante los entrenamientos también se nos dijo que podíamos recurrir a otras posiciones, como la cruz francesa -que se logra abriendo las piernas y los brazos extendidos a la altura de los hombros- y la de track horizontal o vertical, que permite desarrollar una velocidad de 300 millas por hora.

Cuando se tiene el Cerro San Jacinto a tus pies, y las nubes parecen dulces de algodón al alcance de tu mano, aquellos datos no parecen tener la mínima importancia. Sin embargo, levante la mirada, acaso esperando saludar a un ángel, y me di cuenta que había un enredo debajo del slider, la parte del equipo que permite separar el conjunto de líneas que despliegan la cúpula. En teoría, esa irregularidad era motivo de emergencia, y debía deshacerme del paracaídas principal e inmediatamente sacar el de emergencias.

Me calmé y traté de pensar. Fugazmente las clases comenzaron a recorrer mi memoria y se detuvieron en la respuesta correcta: la cruz francesa. Comencé a dar vueltas hasta lograr desenredarme. Dí gracias a Dios cuando ya todo estaba perfecto.

¿A salvo?

Mis manos temblaban. El frío seguía conmigo, pero el miedo había dado paso a la tensión y a una calma que no imaginé. El siguiente paso era desprender los tocles de control para poder maniobrar el paracaídas.

Los tocles de control se ocupan para maniobrar cuando ya se viene en el aire. Se cruza a la derecha o izquierda, o se frena, halándolos juntos. Su posición es justo entre el conjunto de líneas que, como los rayos de un paraguas, permiten dilatar la cúpula, en la medida que se va llenando de aire, y el contenedor, un poco arriba de la cabeza.

Empero, todavía no había logrado la máxima tranquilidad y no podía desprender los controles con una sola mano. Tuve que recurrir a las dos para primero soltarlos, y después las introduje cada una en su control hasta la altura de las muñecas. Ubiqué la zona de seguridad y la tranquilidad comenzó a morar en mí.

Ya con el paracaídas abierto, la sensación es distinta. Es como un abrazo celestial, como si algo te sostuviera con la seguridad de que no te va a soltar nunca. Pude disfrutar el paisaje, con el silencio como mi única compañía.

Maravillosas son tus obras

Tuve referentes: el cerro de San Jacinto, el lago de Ilopango, el volcán de Quezaltepec... Todo aquello trajo a mi mente la impresión de qué tan pequeños somos. Demasiado pequeños.

Después de contemplar por un momento la naturaleza, volví a concentrarme en lo que estaba haciendo. Me percaté que dos paracaídas estaban por caer, y que el otro estaba a varios metros de distancia de la zona de seguridad.

Era mi compañero Borman Mármol, y me imaginé que había tenido emergencia. Borman tuvo que soltar su paracaídas principal y sacar el de reserva.

Sentía mis piernas dormidas de tanto traerlas juntas y las separaba para ver si se me despertaban. Mi caída fue de pie, gracias a que acaté las indicaciones de Francisco Urbina, que me dirigía con los banderines de señal.

Mi primera acción en tierra fue acostarme y relajarme, pero las diferentes sensaciones no me hacían reaccionar ni creer lo que había pasado: alegría, incredulidad, satisfacción. Caí en la cuenta que lo había logrado.

"Por esto veía el gozo en sus rostros cuando saltaban del avión o cuando cuentan sus experiencias... es radical", le dije a Francisco, mientras él me preguntaba cómo había estado el vuelo y si había tenido alguna emergencia.

Aún debíamos realizar dos saltos, y volvimos a prepararnos para saltar de nuevo. Llegamos hasta la sede de la FESAPADE, pero Francisco nos esperó con algo de desazón para informarnos que el avión tenía desperfectos.

"Señores, hasta aquí llegan los saltos. Estas son señales: la emergencia de Borman, los desperfectos del avión, etcétera. Es mejor entenderlas", dijo. Todos asentimos, no sin algo de desconsuelo. Aquella sensación de volar, arriesgando la vida en unos segundos, para luego caminar sobre el cielo, es contagiosa y adictiva. "¿Qué dice, se va a bajar?".

Utilitario

El paracaidismo de caída libre sólo se practica en dos lugares:

1. El Comando de Fuerzas Especiales (CFE) da instrucciones de paracaidismo sólo en operaciones tácticas. Es exclusivo para militares.

2. La Federación Salvadoreña de Paracidismo y Aerodeporte. El objetivo es fomentar el paracaidismo como práctica deportiva. Las edades para practicar el paracaidismo son de 16 a 18 años con el consentimiento de los padres y un permiso notarial, y de 18 años en adelante.

Los requisitos son afiliación, dos fotografías tamaño cédula de frente y una fotocopia de cédula. La instrucción y los equipos (paracaídas, cascos, guante, lentes gabachas, etc.) corren por cuenta de la FESAPADE. El tiempo de duración del curso es de 35 horas. El precio del curso es de ¢2,105 colones, que sirve para el alquiler del avión.

Modalidades

1. Precisión: esta modalidad se utiliza en competencias a nivel mundial. Consiste en realizar un descenso vertical con el paracaídas sobre un punto de tres centímetros de diámetro y tocarlo con el talón. En esta se puede competir individulamente y por equipos. El jefe de equipo decide a qué altura deberán saltar.

2. Trabajo relativo: también a nivel mundial. Consiste en formar diversas figuras en el aire sin abrir el paracaídas. Esta es por equipos, conformados de dos o más miembros. En la actualidad se cuenta con un récord mundial de 300 paracaídistas tomados de las manos, en el que formó parte un miembro de FESAPADE.

3. Trabajo relativo de cúpula: se lleva a cabo con el fin de formar figuras en el aire con el paracaídas abierto. En competencias nacionales o internacionales se realizan, generalmente, como demostraciones. Algunas figuras formadas son la escalera, el diamante y el doble diamante.

4. Estilo libre: es una competencia individual, cuyo patrón es de 16 segundos de tiempo límite para realizar un giro de 360 grados a la derecha, otro a la izquierda, un lup hacia adelante (vuelta de gato) y un lup hacia atrás.

5. Tándem: Es un salto de dos personas en un solo paracaídas. Se utiliza un paracaídas especial.


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