Domingo 24 de septiembre


La Nota del Día
 

21 de Septiembre de 2000

Recuerden el caso de la Texas Instruments

El establecimiento de INTEL en Costa Rica, que ha hecho del país un exportador de componentes electrónicos, se ve por algunos como la consecuencia admirable de previas inversiones en educación. Costa Rica, se sabe, dedicó cerca del siete por ciento de su Producto Interno Bruto en los presupuestos educativos, lo que ha contribuido a formar la base técnica y profesional para realizaciones de envergadura.

El caso, empero, tiene el sabor de lo ya visto, lo "dejá vu": sin haber efectuado inversiones de tal magnitud, y apoyados en los cuadros profesionales que se tenían en esos años, El Salvador estaba en camino de convertirse en una nación dedicada a la maquila electrónica. Y acá vino a establecerse una de las empresas líderes en ese campo, la Texas Instruments, a la que siguieron otras, la mayoría instaladas en la zona franca de San Bartolo.

La experiencia de la Texas Instruments fue, hasta finales de los setenta, más que buena. La planta era líder y ejemplo en la producción de circuitos integrados y cierta clase de componentes más complejos. Además participó en el desarrollo de tecnologías, que se terminaban de perfeccionar en la sede principal de la compañía, ubicada en Texas.

"La Texas", así la denominaba la gente, fue además una institución educativa por excelencia, gracias a sus programas de capacitación. En la Texas ingresaban ingenieros, técnicos y profesionales formados en universidades e institutos locales. Al respecto cuenta sir Dennis Martin, a la sazón director del ITCA, que sus graduados se incorporaban al trabajo de la compañía, sin necesidad de recibir cursos de entrenamiento en la sede de "la Texas".

Otras empresas siguieron el camino abierto y se instalaron en la zona franca, produciendo componentes electrónicos. Estábamos entonces en una etapa similar a la de Malasia y no muy lejos de la taiwanesa. El futuro no podía ser más prometedor.

Por llevarnos al paraíso arrasaron con todo

En 1978, el gerente de "la Texas" escribió una carta al entonces presidente de la República, en la que expresaba el desasosiego y tristeza de la compañía, por el incremento de las acciones terroristas, el desorden callejero, la estridencia de las posturas de grupos políticos y todo el clima de desestabilización y extremismo en que se estaba cayendo. Los sindicatos se estaban transformando en un movimiento abocado a destruir y amenazar; poco después iniciaron las ocupaciones de fábricas, se tomaba de rehenes a directores y ejecutivos de las compañías, y se perpetraron varios asesinatos de empresarios, entre ellos el del japonés Fujio Matsumoto.

Una tras otra las empresas maquileras cerraron, incluyendo "la Texas", ejemplo de magnífica administración y relaciones más que positivas con su personal. Cerró en vista del creciente deterioro de la situación interna. "La Texas" no estaba ya al desbordarse la demagogia y la demencia bajo los duartistas.

Lo primordial de la lección que nos deja este episodio es que el establecimiento de maquilas electrónicas no se debe, necesariamente, a un alto nivel de educación entre los pobladores, sino a factores como la seguridad jurídica, la tranquilidad interna, a un alto grado de institucionalidad y la paz política. La Texas cerró sus puertas motivada por la impotencia del gobierno de entonces, bajo presión del carterismo, de poner un alto al desorden general y el desborde de locura. Perdimos la oportunidad de ser un pequeño Taiwan.


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