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Tuvo su génesis el 27 de mayo de 1967
120 horas de guerra desatadas por una captura

Isaac Segura, un teniente retirado de la extinta Guardia Nacional, que participó en la toma de Nueva Ocotepeque, relata con detalles hasta ahora desconocidos cómo se gestó y desarrolló el conflicto que a lo largo de 37 años se ha conocido como la Guerra de las 100 Horas, la Guerra del Fútbol o, como lo llaman los militares, la Guerra de la Dignidad. Segura estuvo en el Teatro de Operaciones del Norte, junto al general José Alberto Medrano y al entonces teniente Roberto d’Aubuisson


Publicada 18 de julio de 2006 , El Diario de Hoy

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Los roces a raíz de la detención de un delincuente hondureño vinculado con el poder de ese país son otra de las causas que desataron la llamada Guerra de 100 Horas y que un ilustre periodista polaco bautizó con la Guerra del Fútbol.
La verdadera gestación del conflicto entre El Salvador y Honduras fue el 27 de mayo de 1967.

Ese día, un grupo de guardias destacados en Polorós, La Unión, capturó al hondureño Antonio Martínez Argueta, quien era reclamado por dos jueces de Santa Rosa de Lima tras haber asesinado en 1961 a Alberto Chávez y, dos años después, a Marcelina Chávez, en el cantón Las Lajitas, de Polorós.

El arresto de Martínez Argueta, quien era allegado al presidente hondureño, el general Oswaldo López Arellano, encendió la chispa que dos años después haría explotar el conflicto.

A Martínez, que capitaneaba una banda de ladrones salvadoreños y hondureños, lo amparaba López Arellano, quien cuando supo que su ahijado estaba preso ordenó que tropas hondureñas invadieran la jurisdicción salvadoreña en Polorós, con el fin de emboscar a guardias nacionales.

Así sucedió el 29 de mayo. En la zona fronteriza de Monteca, territorio salvadoreño, una patrulla de guardias se enfrentó, al ser emboscada, a un pelotón de soldados hondureños.

En ese combate murieron tres guardias y dos más cayeron prisioneros. Perecieron también dos soldados hondureños.

Los guardias abatidos fueron arrastrados a territorio hondureño, donde ultrajaron sus cadáveres.

Ahí se pudrieron sus cuerpos y los capturados fueron llevados a Tegucigalpa,, donde sufrieron toda suerte de torturas.

Días después, el general José Alberto Medrano, director de la Guardia Nacional, envió un destacamento a la zona fronteriza con la misión de rescatar los cadáveres.
Más prisioneros salvadoreños

Ese destacamento, al mando del entonces mayor Alfredo Alvarenga, que después llegó a ser director de la Guardia Nacional, logró con la ayuda de civiles rescatar los cuerpos que ya estaban muy descompuestos.

En esos días, las relaciones se pusieron muy tensas entre ambos países y por ello, destacamentos de la guardia acamparon en Las Pilas (Chalatenango), Sabanetas (Morazán) y otros puntos fronterizos.

Algo muy desalentador ocurrió a mediados de junio. El Presidente salvadoreño Julio Adalberto Rivera, como para congraciarse con los militares hondureños y posiblemente así negociar el canje de Martínez Argueta por los dos guardias prisioneros, ordenó que dos oficiales, que después llegaron a ocupar puestos importantes en el Alto Mando del Ejército, a cargo de 43 soldados, sin qué ni para qué traspasaran el punto fronterizo de El Poy, Chalatenango, y se entregaran sin hacer resistencia a una patrulla de soldados en Nueva Ocotepeque.

De las guerras a las escuelas
Tras veinte y tantos años de pertenecer a la Guardia Nacional, donde comenzó como recluta, y pelear en dos guerras, Segura se retiró de la Fuerza Armada en 1991, poco antes de los Acuerdos de Paz. Con poco más de 50 años, ingresó a una universidad privada para estudiar la licenciatura en Letras. Desde que se graduó se dedicó a ejercer la docencia.
I Stte. Isaac Segura

Esa entrega de soldados salvadoreños encendió los ánimos de políticos de la oposición salvadoreña, representada entonces por el Partido Demócrata Cristiano (PDC) y el Partido Acción Renovadora (PAR), mascarada del Partido Comunista.

Esa oposición pidió a la Asamblea Legislativa que se investigara el porqué Rivera había ordenado al Alto Mando el paso de la tropa a Honduras.

Con tales actitudes, la chispa de la mecha encendida un mes antes, parecía cada vez más cerca del detonante.

La chispa avanzó más a prisa cuando en julio de 1968, la Asamblea Legislativa dominada por los pecenistas (Partido de Conciliación Nacional) declararon una amnistía a favor de Martínez Argueta, allanando así el camino para que los dos guardias y los soldados prisioneros en Honduras regresaran.

Liberado Argueta, el gobierno de López Arellano se ciñó a sus leyes agrarias para hostigar a los salvadoreños que eran propietarios de tierras.

La ley hondureña prohibía que los extranjeros fueran dueños de terrenos. Así, ningún salvadoreño podría ser dueño de tierras y comenzó la emigración de éstos hacia El Salvador.
Los mandaban ultrajados y sólo con lo que andaban puesto, dejando sus tierras en abandono.

Así se llegó hasta el mencionado partido de fútbol donde ambos países se jugaban una plaza para el Mundial de México 70.

Los salvadoreños perdieron de visita y a los hondureños les ocurrió otro tanto cuando vinieron.

Pero el día que jugaron aquí, los hondureños argumentaron que en el estadio se les había quemado la bandera y que sus mujeres habían sido violadas.
Una investigación, que incluyó entrevistas con diplomáticos que habían asistido al partido, determinó que eso era falso.

Lo que sí es cierto es que decenas de salvadoreños llegaron al hotel donde los hondureños se hospedaban para hostigarlos de palabra. Las autoridades tuvieron que capturar a muchos de esos instigadores.

Como cada quien había ganado un partido, hubo juego extra en cancha neutral. Así fue como
El Salvador asistió a su primer Mundial. Pero eso acabó por encender los ánimos. La chispa se acercaba más a la bomba.

A mitad de 1967, Julio Adalberto Rivera había dejado la presidencia, sustituido por el general Fidel Sánchez Hernández. La guerra parecía inminente.

El Chele Medrano, previendo la guerra, advirtió a Sánchez Hernández que con carabinas (M-1), fusiles Checos y Garand no podía mandar a su gente a la guerra. Eran armas obsoletas, de la Primera Guerra Mundial.

El Ejército salvadoreño estaba en una situación incómoda. Los Estados Unidos no habían querido prestar ayuda ni con dólares ni con armamento.

Esa posición era lógica. Los estadounidenses no tenían ningún interés que proteger en El Salvador; en cambio, en Honduras tenían a la United Fruit Company, su gran compañía bananera.

Entonces, Medrano, quien era tan arrojado como irreverente, le lanzó su propuesta: debían comprar armas en Europa. A eso, Sánchez Hernández respondió que eso era imposible, por la lejanía. Tendrían que atravesar todo el Atlántico.

--Mirá, Taponcito: (a Sánchez Hernández lo apodaban así), ¿quién es el presidente de Panamá?, le preguntó Medrano.
--(Omar) Torrijos, le respondió.
--¿En dónde estudió Torrijos? --repreguntó Medrano.
--En nuestra escuela militar --respondió el Presidente.
--Entonces, por qué p... no le pedís ayuda para que esas armas pasen rápido por el Canal --le espetó Medrano.



Fusiles G-3 pagados con oro

Sánchez, por su investidura de Presidente, era el comandante general de la Fuerza Armada.
Y en la institución armada hay una ley: el respeto es de grado a grado y de empleo a empleo. Ambos eran generales pero Sánchez era comandante general. A Medrano, irreverente, eso le resbaló.

Así fue como llegaron los fusiles G-3 y las ametralladoras HK-21 de Alemania, que fueron distribuidos a la Guardia Nacional y a otras guarniciones hasta donde alcanzaron. El resto mantuvo los viejos Checos y Garand y las carabinas M-1.

De Yugoslavia llegaron baterías antiaéreas que fueron apostadas en el Puerto de Acajutla, la presa El Guajoyo, la 5 de Noviembre y otra infraestructura estratégica, con la que la aviación hondureña pudiera cebarse.

También llegaron morteros de 81 mm. y obuses 105 y 120 mm. Todas esas armas entraron a través de Panamá y como no había dólares, se pagaron con oro puro.

Mientras tanto, las oleadas de salvadoreños seguían llegando y por ellos se supo que muchos compatriotas eran conducidos a estadios de fútbol donde permanecían detenidos, a guisa de campos de concentración.

Ya para esos días era rutinario que soldados hondureños mataran a salvadoreños allá y vinieran a aventar sus cuerpos a territorio salvadoreño. La OEA (Organización de Estados Americanos) hacía oídos sordos a los llamados de los salvadoreño sobre esos incidentes.

Las hostilidades rompieron cuando varios aviones hondureños bombardearon algunos poblados fronterizos e incluso algunos barcos pesqueros.

Entonces Sánchez Hernández, para no tener que afrontar un posible golpe de Estado, cabildeó con la oposición; el PDC y el PAR consintieron en ir a la guerra. El acuerdo fue unánime y pronto se pasó a la planificación.

Al atardecer del 14 de julio, aviones salvadoreños bombardearon el aeropuerto de Toncontín.
Para entonces, la Guardia Nacional no llegaba a mil 500 en hombres pero al llamar a los reservistas, la fuerza se duplicó.

En el Teatro de Operaciones del Norte (TON) fueron empeñadas siete compañías de guardias nacionales al mando del propio director, el general Medrano, y a varias unidades de la Primera Brigada de Infantería, al mando del coronel Mario de Jesús Velásquez, a quien apodaban “El Diablo”.

El otro frente era el Teatro de Operaciones Nororiental (TONO); Segura no recuerda el nombre del tercer frente, pero en todos pelearon los guardias nacionales con sus 14 compañías. La palabra clave para designar a la Guardia era TACO.

El TON incursionaría por el lado de Chalatenango para tomar Nueva Ocotepeque y San Marcos Ocotepeque.

Se avanzaba en cuatro columnas. En el flanco izquierdo iba un contingente de guardias al mando del entonces capitán Arístides Napoleón Montes, que en los 80 llegó a ser director de la institución.

A la derecha de Montes iban el coronel Velásquez con tropas del cuartel San Carlos (Primera Brigada). A la derecha de éste, el general Medrano con tropas de la guardia. Avanzaba con todo su estado mayor.

El abastecimiento de las tropas no era un asunto sencillo. La carretera Troncal del Norte no era ni la sombra de lo que es hoy. La Guardia, entonces dispuso dos compañías para abastecer a sus tropas de comida, ropa y pertrechos de guerra. Todo eso era transportado a lomo de mula por las serranías chalatecas.

Los matorrales a través de los cuales se abría camino la tropa desgarraba los uniformes. El Chele Medrano avanzaba también a lomo de una mula negra, a la que días después el rebufo de una bazuca hondureña le ahumaría el trasero.

Capitulación de los ranger

La maniobra que se haría para la toma de Nueva Ocotepeque era la siguiente: mientras el coronel Velásquez avanzaba en carros blindados hacia la ciudad incursionando por El Poy, siguiendo toda la carretera en carros blindados para llegar por el frente, Montes y Medrano harían un desplazamiento envolvente, de forma que ambos llegaran la retaguardia de la ciudad.

Antes de eso, Medrano, desde elevaciones inmediatas, se aseguró de inutilizar con artillería dos puentes de la carretera que une Nueva Ocotepeque con Copán. Esto para evitar o al menos demorar la llegada de refuerzos hondureños. Todo resultó como se había planificado.

Mientras, el destacamento del flanco derecho estaba destinado a tomar San Marcos Ocotepeque, un poco más allá de la primera ciudad por sitiar. Para el 17 de julio, la bandera salvadoreña ondeaba en Nueva Ocotepeque. Las bajas habían sido mínimas.

Una vez tomadas estas dos poblaciones, las fuerzas de la Guardia Nacional siguieron avanzando.

Intentando contraatacar, Honduras envió a lo que suponía sus mejores fuerzas: el batallón Ranger. Pero estos no llegaron más acá del cerro El Portillo, las elevaciones más inmediatas a Nueva Ocotepeque.

El 17 de julio los guardias salvadoreños trabaron combate con los ranger que fueron apoyados por la aviación hondureña.

Ese día y el siguiente fue lo más cruento de la guerra. El combate fue extenuante y al final del día la guardia había encajado la muerte de un subteniente, un cabo y siete guardias.

Al finalizar la tarde, Honduras capituló. Los ranger, que seguían copados y sin esperanzas de refuerzos, continuaban trabando esporádicos combate hasta que una aeronave con funcionarios de la OEA llegó a Nueva Ocotepeque.

La guerra había finalizado formalmente, pero incluso el 19 de julio siguieron combates esporádicos en El Portillo. Pero ese mismo día, al atardecer, todos los fusiles callaron. La Guardia comenzaba su repliegue, bañada en gloria, pero con el corazón apesadumbrado por los nueve hombres que perdió en aquella jornada de una guerra que duró 120 horas.

El general Medrano y su mito de cura disfrazado

Confundieron el poncho con sotana
José Alberto Medrano, jefe de la Guardia Nacional en 1969, se adentró en Honduras a lomo de una mula, guareciéndose de la lluvia con un impermeable militar que muchos confundieron con una sotana.

La leyenda cuenta que durante la guerra con Honduras, el Chele Medrano se fue a meter hasta Tegucigalpa a pelear a mano limpia con el general Oswaldo López Arellano.

Pero para el teniente Isaac Segura eso no es más que una leyenda, porque lo que realmente ocurrió es que Medrano avanzó sobre territorio hondureño a lomo de mula y como el invierno estaba en pleno, el general se guarecía de la lluvia con un poncho (impermeable) militar y un sombrero similar al que usan los soldados australianos.

De ahí que confundieran el poncho con una sotana y surge entonces el mito de ese disfraz.
De acuerdo con Segura, el arrojo de Medrano no era falso.

El general vivió sus peores días de esa guerra en el cerro El Portillo, una especie de desfiladero por donde pasa la carretera. Ahí quedó acorralado el batallón Ranger, que suponía la mejor fuerza de Honduras.

Pero también en ese lugar, la tragedia abrazó a los guardias salvadoreños cuando los hondureños fueron apoyados por la Fuerza Aérea de su país.
Aún así, los salvadoreños obligaron a que los hondureños pidieran la mediación de la OEA en el conflicto.

Según el teniente Segura, fue en El Portillo, donde se vivió lo más cruento de la guerra entre el 17 y 18 de julio.

D’Aubuisson al mando

En esos combates, donde cayó el subteniente Víctor Manuel Méndez, a quien en camaradería lo apodaban el Vampiro, también iba el teniente Roberto d’Aubuisson, al mando de la cuarta compañía de guardias.

Segura recuerda que d’Aubuisson con su tropa asestó a los hondureños tres grandes golpes.
Cuenta, además, que en plena guerra se incautaron de una bazuca de los hondureños.

Medrano, extrañado, preguntó quién podría manejar el arma. Un oficial se ofreció, pero al dispararla, el fuego que salió por la parte de atrás de la bazuca, quemó el trasero de la mula prieta que montaba Medrano.

Posterior a la guerra, el general fue sustituido de la dirección de la Guardia.
Segura cuenta que el Presidente mandó al coronel Oscar Gutiérrez a relevarlo. Pero cuando se presentó ante el general y le dijo que él sería el nuevo director. Medrano sacó su pistola y le metió un balazo en la pierna. Fue necesario que el Estado Mayor llegara para convencerlo de retirarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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