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La cirujana analfabeta

Superación. Una mujer que fue despreciada por sufrir una fístula obstétrica salió adelante pese a limitaciones y ahora trata a las pacientes conocidas como “leprosas del Siglo XXI”


Publicada 16 de junio 2005, El Diario de Hoy

Dedicación. Mamitu Gashe atiende a una de las enfermas, para luego asistir a sus clases nocturnas. Médicos de todo el mundo llegan para aprender de su profesión. Foto EDH /The New York Times

Nicholas D. Kristof
The New York Times
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

Addis Abeba, Etiopía.- Prácticamente lo peor que le puede ocurrir a una adolescente en este mundo es padecer una fístula obstétrica que la deje chorreando fluidos corporales, apestando y siendo evitada por todos a su alrededor. Eso le ocurrió hace cuatro decenios a Mamitu Gashe.

Sin embargo, el aspecto más asombroso con respecto a Mamitu no es lo que ella soportó, sino en lo que se ha convertido.

La historia de Mamitu empieza cuando ella era una adolescente analfabeta de 15 años, en una remota aldea etíope que era inaccesible, debido a la falta de caminos y médicos en la cercanía. Ella contrajo matrimonio con un hombre de la localidad, quedó encinta y después de tres días de trabajo de parto cayó inconsciente, y su bebé nació muerto.
“Cuando volví en mí, la cama estaba húmeda” de orina, recuerda. “Yo pensé que mejoraría en dos o tres días, pero no fue así”.

Típicamente, es así como surge una fístula obstétrica: una joven adolescente, a menudo mal nutrida y con una pelvis inmadura, trata de dar a luz a su primer bebé. El feto se atora, y tras varios días de trabajo de parto, nace muerto, pero algunos de los tejidos internos de la madre han sido dañados en ese tiempo, así que, para su horror, ella se encuentra goteando orina constantemente o en algunas ocasiones, heces desde la vagina.

Al poco tiempo, la joven hiede. Su marido normalmente la abandona, el goteo constante de orina la deja con terribles irritaciones en las piernas, y si ella logra sobrevivir, le ordenan que construya una choza lejos y que se mantenga alejada del pozo de la aldea. Algunas jóvenes mueren de infecciones o se suicidan, pero muchas persisten por decenios como marginadas y ermitañas.

Las fístulas fueron comunes en Estados Unidos en el Siglo XIX. Sin embargo, un mejor cuidado en el área de medicina significa que éstas casi son desconocidas en Occidente, en tanto que Naciones Unidas ha estimado que cuando menos dos millones de jóvenes y mujeres viven con fístulas en el mundo en desarrollo, en su mayoría en África.

Esto debería ser un escándalo internacional, ya que una operación de 300 dólares normalmente puede reparar la herida. No debería ser difícil, ni en lo más mínimo, un gran esfuerzo para mejorar la salud materna en el mundo en vías de desarrollo, ya que eso podría prevenir la mayor parte de las fístulas y reducir las muertes al momento del alumbramiento por la mitad en el plazo de una década, salvando 300,000 vidas al año.

Sin embargo, la salud materna es ignorada, y quienes padecen fístulas carecen de voz. “Ellas son las leprosas del Siglo XXI”.

Esperanza de vida


Mamitu fue excepcionalmente afortunada en cuanto a que la trajeron a un hospital aquí, en Addis Abeba, que le ofreció una cirugía sin costo, por parte de una bendita pareja de ginecólogos casados, originarios de Australia, Reginald y Catherine Hamilton. Reg ya murió, en tanto que Catherine es la Madre Teresa de nuestra época y debería haber recibido el Premio Nóbel desde hace mucho tiempo.

Tras esa operación, 42 años atrás, Mamitu obtuvo un empleo haciendo camas en el hospital. Después, empezó a prestar su ayuda como asistente de operaciones y tras un par de años observando, Reg Hamilton le pidió que cortara algunos puntos de sutura. Con el tiempo, Mamitu estaba llevando a cabo de manera rutinaria toda la reparación de la fístula por sí sola.

Con el paso de los decenios, Mamitu se ha convertido en una de las cirujanas más experimentadas del mundo en el proceso para reparar la fístula. Ginecólogos de todo el mundo vienen al Hospital de la Fístula Addis Abeba para capacitarse, y su profesora es Mamitu.

Nada mal para una campesina analfabeta.
Hace unos años, ella, cansada de ser una cirujana maestra que no sabía leer ni escribir, empezó a estudiar en la escuela nocturna. Hoy cursa el tercer grado.

El Hospital de la Fístula donde Mamitu trabaja es apodado “ciudad charca”, debido a que los pacientes deambulan en su interior chorreando orina, pero abunda con gozo y esperanza.

El Presidente de Estados Unidos, George W. Bush, ha incrementado la ayuda destinada al mundo en desarrollo, en general, y al África en particular, pero, unos cuantos días atrás, él rechazó la petición del Primer Ministro británico, Tony Blair, por un drástico aumento en la ayuda para el África.

Lo que realmente se juega en ese rechazo será medido en vidas como la de Mamitu. Albergo la esperanza de que Bush reconsidere, por el bien de personas como esas jóvenes que padecen fístula y viven en chozas, solas, en los extremos de cientos de miles de aldeas.

Mamitu nos muestra qué tragedia sería descartarlas. Una pareja de australianos le dio una oportunidad de vida a ella una vez, y así, no es una víctima en lo más mínimo, sino una inspiración.

Finalmente espero, en lo personal, que ella sea una inspiración para que nosotros seamos más generosos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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