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Tema para meditar
Crisis de identidad

Edgar López Bertrand*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La gente corre hacia los gurús orientales o se entierra en el ocultismo, pero lo que permanece es una “filosofía de la desesperación”

En el libro de Eclesiastés leemos: “Aborrecí, por tanto, la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa, por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu” (Ecl. 2:17). Es difícil de creer, pero esta declaración es de uno de los hombres más exitosos de la historia, el Rey Salomón.

El Rey Salomón era inimaginablemente acaudalado. Él había hecho edificar fabulosos edificios, era famoso en todo el mundo conocido y había adquirido el saber probablemente más extenso de su época. En ningún otro tiempo, el reino de Israel gozó de mayor paz que bajo su reinado. Y, aun así, Salomón llegó al punto de no sentir más gozo en la vida. Aunque él había disfrutado de lleno del amor, se sentía totalmente vacío y estresado interiormente. Ya nada le daba gusto. Él había tratado de vivir sin Dios, y llegó a la conclusión que así la vida seguía siendo sin sentido: “Vanidad de vanidades” (Ecl.12:8).

La declaración de Salomón es un reflejo de nuestra generación. A pesar de todo lo que nos rodea y de toda la “plenitud de vida”, el hombre actual más y más siente sólo un profundo vacío y futilidad. El alma dentro de él clama a gritos, y él no la puede hacer callar, porque sólo le da sustitutos para satisfacerla, mientras que lo que necesita es otra cosa. Si a un bebé que llora de hambre sólo se le ofrece el chupete como sustituto para la leche, estará callado por unos pocos momentos para luego gritar tanto más fuerte hasta que reciba la alimentación necesaria.

Recientemente, en un artículo con el título: “El regreso de los buscadores de sentido” decía que, sobre todo, entre los jóvenes se estaba dejando de lado lo que es la tendencia y regresando a la búsqueda por el verdadero sentido de la vida. Hasta el legendario roquero de terror Alice Cooper, de 53 años, admite haber contribuido a la decadencia moral de la gente en general por medio de sus escenas teatrales y canciones sanguinarias. Pero también recalcó: “Prácticamente toda mi vida estuve convencido de que existe sólo un Dios y que existe Jesucristo, y además el diablo”. En un álbum canta de la malignidad del mundo y de la necesidad del mismo de ser salvo por Cristo. Es la añoranza de Dios la que vive en cada ser humano, la añoranza de su amor ilimitado. En una crisis de identidad de este tipo, uno ya no sabe de dónde uno viene y adónde uno va.
Acerca del famoso filósofo alemán Friedrich Schleiermacher (1768-1834), leí un día cómo él, ya anciano, estaba sentado en el banco de un parque. Un policía, pensando que se trataba de un vagabundo, le preguntó: ¿Quién es usted?” A esto el filósofo le respondió con tristeza: “Desearía saberlo yo mismo”.

Pero, ¿de dónde viene la crisis de identidad de un ser humano? Del hecho de que no se encuentra donde debería estar, es decir, de que no va adonde pertenece. Muchas personas se edifican hermosas casas, pero constantemente están y siguen en busca del verdadero hogar. Muchos a menudo cambian de cónyuge, pero el verdadero amor queda sin satisfacer. Se disfruta de la vida, pero no se tiene una vida plena. La gente corre hacia los gurús orientales o se entierra en el ocultismo, pero lo que permanece es una “filosofía de la desesperación”.

Un pastor, un día, dijo delante de su congregación: “Tengo tres puntos en mi predicación. Primero: Todo ser humano tiene que estar en algún lugar. Segundo: Algunas personas están donde no tienen nada que buscar. Tercero: Aquellos que están donde no deberían estar se volverán a encontrar en un lugar en donde no quisieran estar”.

Ya Agur, el hijo de Jaqué de Masa, preguntó: “¿Quién subió al cielo y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre y el nombre de su hijo, si sabes? Toda palabra de Dios es limpia. Él es escudo a los que en Él esperan? (Proverbios 30:4-5).

Sin lugar a dudas, Agur habla aquí del Dios todopoderoso. Pero, ¿cómo puede él, unos 1,000 años antes de Cristo, hablar del Hijo de Dios? En esto una vez más vemos que también las palabras de Agur fueron inspiradas por el Espíritu Santo, que, a través de la totalidad de la Biblia, indica al Salvador Jesucristo. Jesús es el cumplimiento de toda añoranza. En El, el grito de nuestra alma alcanza paz.
Dirigiéndose al Señor Jesús, Pedro un día dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Sn. Jn. 6:8). Presión de rendirse, temores de fracasar y el miedo de perder el lugar de trabajo hacen que la pregunta por el sentido de la vida pase a primer plano, o, de no ser así, se desespera. Alguien dijo: “Existe una mejor fuente de vida que el balance de fin de año”.

Si como introducción para este artículo dijimos que aquel que no conoce a Jesús o que lo rechaza en el final le sobreviene un sentimiento de transitoriedad, así ahora con toda confianza podemos recalcar lo contrario. Quien conoce y acepta a Jesucristo, llega a una vida plena. “Porque sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero, y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna”. (1 Jn. 5:20).
Recíbelo hoy como tu Salvador personal.

*Pastor.

 

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