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El valor de una mujer en la isla de Meanguera

Miriam Mixco*
E-mail: miriammixco@hotmail.com

He querido que ustedes conozcan este relato contado por los propios protagonistas y que nos hace meditar el hecho de que nadie ha reconocido sucesos como éste, ya que en esta época aún se desconoce la verdadera historia de la mitad de la población de El Salvador, la historia de las mujeres de este país. Este debería ser un reto para la Academia Salvadoreña de la Historia, que debería hacer una investigación de la participación y aportes de las mujeres salvadoreñas a nuestra historia, para otorgarles los méritos que se merecen.

Fue el piloto mayor Andrés Niño quien bautizó el Golfo con el apellido de su protector, el Obispo de Burgos, Juan Rodríguez de Fonseca, quien era Real y Supremo Presidente del Consejo de Indias, en su añorada España. Durante su expedición, tomó posesión del Golfo en la isla de Meangola o Meanguera, a la que bautizó como “Petronila”, nombre de la sobrina del obispo antes mencionado, isla a la que los indios potones (lencas) llamaban “Quezaltepetl”.
El Golfo de Fonseca y sus islas, desde la época de la conquista española, se encontraban en la jurisdicción de San Miguel.

Algunos siglos después, en el año 1963, la isla recibía el reconocimiento de parte la Corte Suprema de Justicia como el único municipio del país donde la delincuencia no existía. Pero, un día, después de un fuerte temporal, dos barcos camaroneros fueron atacados por un avión de la Fuerza Aérea Hondureña. Uno de los barcos era capitaneado por el portugués Antonio Gonzálvez, apodado “Toño leche”, quien resultó herido y su barco muy dañado, mientras huían de El Triunfo hacia El Tamarindo.

Al poco tiempo, entre diez y once de la mañana, siendo alcalde don Enrique Calero, la tranquilidad de la isla de Meanguera fue alterada por una horda de militares hondureños fuertemente armados, que llegaron con la intención de izar la bandera hondureña en ella, alegando, debido a sus conocidas e inmemorables intenciones expansionistas, que la isla les pertenecía.
Fue en ese momento que una valiente mujer, nacida en La Unión, en 1920, hija de un inmigrante genovés y de una mujer originaria de Pasaquina, les arrebata la bandera hondureña y toma las riendas de la situación. Desde su casa y a través de altoparlantes, convence a la población de defender su soberanía. Y fue así que hombres y mujeres de la isla, armados únicamente con palos y piedras, logran desarmar y capturar a los militares hondureños y trasladarlos a La Unión, para ser entregados a las autoridades del puerto y posteriormente devueltos a la isla del Tigre, de donde procedían.

Esta mujer, doña Blanca Rosa di Majo Reyes, con esa actuación se ganó el respeto y admiración de un pueblo, en ese entonces abandonado y aislado.
Por el liderazgo demostrado, doña Blanca Rosa se convirtió en la primera Jueza de Paz del país el 3 de enero de 1968, siempre en su querida isla de Meanguera; este era un cargo que nunca había ejercido ninguna mujer en todo el país. Y es así que, debido a sus acertadas y justas resoluciones, adquirió un mayor reconocimiento de sus habitantes, quienes la eligen alcaldesa de Meanguera del Golfo (que es el nombre oficial del municipio) en dos ocasiones: del 1? de mayo de 1971 al 1? de mayo de 1973, y del 1? de mayo de 1975 al 1? de mayo de 1977.

Durante su gestión como alcaldesa, debido a la capacidad e intuición nata que tenemos las mujeres para administrar y a la suficiente inteligencia para participar y hacer un buen papel en la política, tuvo muchos logros, recorría día a día las oficinas de los funcionarios de esa época hasta obtener los proyectos que deseaba para su isla, y es así que construye la primera cancha de básquetbol, la primera casa comunal, pero el logro más recordado es el haber obtenido dos plantas eléctricas para los dos barrios que forman el municipio: El Ángel y San Francisco, que hicieron que la isla se iluminara por primera vez.
Esta mujer, líder natural de su pueblo, era militante del PCN, partido en el gobierno de ese entonces, cuya casa en Meanguera servía de sede a ese instituto político y era el lugar favorito donde se reunían altos funcionarios de la época, como el doctor Francisco José Guerrero.
Tome nota, diputado Marroquín... y eso que eran “tiempos de conciliación”.
*Lic. en Derecho.

 

 

 

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