Martes 21 de agosto de 2001


Sentido común
La modernidad
Ricardo Rivas*

Las señales en ARENA toman cuerpo. El segundo movimiento en menos de un año se ha dado y la estrella de "sheriff" se la han colocado a Roberto Murray Meza; es decir, a un verdadero "sheriff". La designación, aunque transitoria, revela mucho. Revela que en ese partido, el cambio en la visión de cómo hacer las cosas en política, tiende a ir más por el fondo que por la forma. Por otro lado, advierte a sus cuadros internos que la amenaza del portazo caprichoso y el chantaje de la división es un recurso gastado y de muy poco rédito. Refleja, además, una mejor capacidad de procesar las diferencias con respecto a sus adversarios y, de paso, aceita las bisagras de la unidad. Finalmente, termina de aclarar que ahí, lo que está surgiendo, es un nuevo y definido liderazgo que le apuesta a la modernidad institucional, privilegiando a las ideas sobre las personas; y esto sí que es importante. La historia política del país nos ha demostrado, primero, que cuando en un partido todos han querido mandar, no ha mandado nadie. Más bien se han terminado mandando todos, pero a la porra -como ocurrió con la eclosión de mandamases en el PDC&emdash;. Y segundo, que la mejor manera de terminarse a un partido es privilegiando los liderazgos personales sobre los institucionales.

Con este nuevo movimiento, ARENA le ha puesto sentido y coherencia a lo iniciado en septiembre del año pasado, cuando, en un primer intento por renovar su Consejo Ejecutivo Nacional, se integraron a él personas que, aunque muy poco vinculadas a la actividad orgánica partidaria, contaban con un bien ganado y reconocido prestigio en otras áreas del quehacer nacional. Aquí se comenzó a consolidar un proceso que ya había iniciado Francisco Flores, cuando aceptó la candidatura presidencial.

Ahora, un nuevo giro se suma al proceso. Con la elección de Roberto Murray como presidente interino del COENA, se consolida una esperanza real de cambio y una reingeniería en la conducción de la primera fuerza política del país. La noticia no sólo es buena para los areneros; también es buena para todos. Que todos los partidos políticos se despojen de visiones tradicionalistas -que a lo mejor fueron las adecuadas en otras épocas- y se decidan a transitar hacia la modernidad, es el mejor negocio para la democracia salvadoreña. Claro, la tarea es ardua y difícil. Estamos hablando de partidos políticos -donde la confluencia de intereses y visiones siempre es intensa- y no de sociedades filantrópicas o casas de la misericordia. Sin embargo, el empeño vale la pena. De todas maneras, así como están las cosas en la clase política criolla, ARENA y los demás ya no tienen muchas alternativas: o cambian y evolucionan… o cambian y evolucionan. Digo, si no quieren que se los lleve "Chantal" o cualquier otro chiflón que pase por ahí.

Queremos pensar, pues, que vamos camino a la modernidad. Ojalá y la mayoría estemos de acuerdo con esta palabrita. No importa la opción política de nuestra preferencia, lo que interesa es el concepto. Si transitar hacia la modernidad tiene que ver, sobre todo, con la gente -con servir a la gente, con acercarse a la gente, con oír a la gente-, entonces… estamos de acuerdo.

Si evolucionar hacia la modernidad significa deponer mis intereses -los míos o los de mi sector- por los del país, siendo siempre solidarios con los más necesitados; si aceptamos que en el desafío por conseguir el cambio no sólo hay reyes y reinas, sino también peones, alfiles, torres, y hasta caballos... por supuesto que estamos de acuerdo.

Si cambiar hacia la modernidad significa privilegiar la ética sobre la lógica utilitarista, que ve en las personas votos en lugar de rostros humanos; si creemos que la modernidad requiere de hombres y mujeres con mente fresca, honestos y capaces que, cuidándose de la inexperiencia y el exceso de purismo en política, tengan la decisión y la fortaleza suficiente para atreverse a cambiar… sin duda, seguimos estando de acuerdo.

Si estamos convencidos que los maximalismos ideológicos no alimentan ni curan ni educan; si convergemos en pensar que lo que nuestra sociedad necesita para su conducción es una inteligente mezcla de prudencia, juventud, experiencia, sentido común y probidad; si finalmente estamos convencidos que los cambios, cualquiera que fueren, producen más y mejores frutos cuando los hombres hacemos lo que podemos y el resto se lo dejamos a Dios… entonces, definitivamente que estamos de acuerdo.

Si es esa la modernidad por la que hoy se empeña ARENA, el proceso será, sin duda, una verdadera revolución. Por si acaso, quizá convenga mantener el ojo pegado a aquello que decía Tocqueville : "En las revoluciones, como en las novelas, el final es lo más difícil". Ya veremos.


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